Una pincelada de intenciones.

Yo estoy ya entre los que han decidido tomar las riendas de sus salud.  Desde siempre creí ese asunto en manos de expertos y a ellos me entregué, pero con 54 años ya tengo atesorada casuística suficiente como para desconfiar de los “profesionales” expertos en enfermedades e iletrados en salud.

Las compañías farmacéuticas me dan pavor. Por su cuenta de resultados son capaces de cualquier cosa. Creo que de muchas maneras dominan todos los organismos estatales que influyen o debieran influir en su negocio. A los políticos honestos los ven como a pardillos y de paso, a los demás los ponen directamente en nómina.

Nadie debiera creer a pies juntillas a quienes intervienen de forma decisiva sobre el devenir de su salud, elegir siempre que se pueda métodos naturales y privaciones antes que fármacos que crean una escalada sin fin de tomas repetidas para uso de paciente y disfrute de la industria. Medicinas que se limitan a paliar síntomas pero rara vez a curar. De esa forma los episodios de enfermedades agudas se trasforman en crónicas, y ya tenemos otras vez ahí a la todopoderosa industria frotándose las manos con el click, click de fondo de la caja registradora.

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